Nos pidieron puntualidad en la redacción, suelen decirnos que llevemos ideas frescas o un temario, pero nunca hacen referencia a la hora de llegada.
El ser humano, o al menos los 10 escritores que nos dimos cita ese jueves, fuimos muy optimistas y enseguida supusimos que nos iban a confirmar el aumento que veníamos pidiendo o tres días libres para carnaval o una nota a voluntad sin la mirada censora del editor al que ya nunca le gustan nuestras propuestas. Pero no, café de por medio, café corto, de esos que se terminan en dos literales sorbos, Pablo, nuestro jefe directo y al que si le sirven café doble, sonrió.
El ser humano, o al menos los 10 escritores que nos dimos cita ese jueves, fuimos muy optimistas y enseguida supusimos que nos iban a confirmar el aumento que veníamos pidiendo o tres días libres para carnaval o una nota a voluntad sin la mirada censora del editor al que ya nunca le gustan nuestras propuestas. Pero no, café de por medio, café corto, de esos que se terminan en dos literales sorbos, Pablo, nuestro jefe directo y al que si le sirven café doble, sonrió.
-¿Que pasa Laura?
Lo hace a propósito porque sabe que no sé iniciar ninguna conversación, porque me conoce hace mucho tiempo y porque una vez, en una fiesta de fin de año, le dije que era el hombre más bueno del mundo.-¿Más que Dios? – preguntó.
-Si, mas que mi padre incluso. Bajé de su coche, giré la cabeza como cada vez que Verónica Castro se ofende en sus novelas y lo saludé, sabiendo que para un jefe, no hay elogio mas deseado que el de ser bueno. Desde entonces está empecinado en demostrarme que no lo es tanto y trata de hacerme sentir incómoda. -Nada, no pasa nada – Sonreí.
-La última nota del año es algo particular, necesito que sean creativos, la revista pensó en una edición donde se hable de personas buenas, que tienen nobleza o bondad. Alberto remarcó que eso lo hace la Revista Gente, con más presupuesto y figuras estelares. Fernando sugirió al autor del libro más vendido el último semestre y Carlos, Carlos que lleva tan al día la muerte, propuso escribir sobre “los que nos dejaron este año”.
-Hagan lo que quieran, escriban sobre quienes sientan, entreguen la nota el lunes. Cualquier consulta, me llaman – Y como siempre tomó la taza con las dos manos y sabiendo que la temperatura del café era la esperada, apoyó los labios y bebió hasta acabarlo, sin bajar el pocillo, mirando como se dispersaban sus empleados con la certera convicción de no haber entendido nada. El artículo fue publicado tal cual lo envié, casi una nota confidencial entre dos amigos que hace mucho se conocen.
Querido Pablo: No entiendo con que criterio nos pedís semejante labor. Apenas faltan 6 días para que termine el año y sabés que no estamos como para pensar en nada. Llevo cinco horas escribiendo y borrando, escribiendo y borrando. El teclado está caliente, puedo sentirlo cada vez que golpeo sobre la A o la B o la Z.
Entonces cómo no se me ocurre absolutamente nada voy a escribir sobre el lugar menos pensado, no pensado por lo extraño u ocurrente, sino porque si hay un lugar en el mundo en donde no se piensa en nada es en el Gimnasio al que voy de lunes a sábado, solo para castigarme por haber sacado un abono anual del que estoy muy arrepentida. En ese salón donde no saludan ni antes ni después, salvo que uno tenga intenciones de flirtear con el desagradable recepcionista me siento oprimida y avergonzada.
Cada vez que ingreso a un lugar, hago una rutina que, escrito así de simple puede rozar lo psicótico, pero no es para tanto. Ya sea en un colectivo, en un ascensor, en la fila del supermercado o en cualquier sitio donde esté y no sepa de nadie conocido, busco por unos minutos a la persona más buena del lugar. ¿Cómo sé que es la más buena? Porque es la que sabría que hacer.
Es un mecanismo simple, que tengo tan arraigado, que no podría explicarte el proceso de detección del sujeto. Es solo mirar e imaginar por unos segundos, que en caso de fuego, ahogamiento o desmayo, con las pocas fuerzas que esas situaciones provocan me acercaría a esa persona y solo le diría –“Me siento mal”. Entonces esa persona, mientras me acomoda suavemente en el suelo, sin ser elegida por cercanía, ni por apariencia, ni por azar, sabría exactamente que hacer. Sería él que llamara al SAME, pidiera un médico, abriera un sobre de azúcar para colocar bajo mi lengua, mientras sostiene mi cabeza sobre sus piernas y pide que se alejen para que tenga aire para respirar.
No sé si lo que te cuento funciona, porque por suerte nunca me desmayé, ni vi fuego, ni me ahogué en público, los chequeos médicos me dan perfectos, pero uno nunca sabe y a mi me da serenidad imaginar algo así. Eso hacia en el Gimnasio todos los días y tal vez, me costaba tanto ir porque no había quién pudiera salvarme la vida.
Al principio supuse que podría ser un tal Marcos, tenía una edad cómo para saber reaccionar, una contextura que podría alzarme como Kevin Costner a Whitney Houston en “El Guardaespaldas” y una vez lo vi llorando. Yo estaba haciendo no sé que ejercicio para las piernas, cuando cortó la charla que mantenía por el celular y se sentó vencido sobre los escalones apilados para hacer Step. Quise bajarme de la máquina para preguntarle si necesitaba algo, pero enganché una parte del cuerpo y quedé boca abajo. Cuando recuperé la postura ya no estaba. Algo me decía que no era él. Desconfío de la gente que depende tanto del celular, de los que miran las colas de las chicas sin disimulo y de los que hacen alarde de sus músculos. Una de esas tardes dejó de ser Marcos, para ser Bruce Willis. Se arrodilló con los brazos en cruz levantando unas cuerdas con pesas. Se le desfiguró el rostro y los músculos parecían a punto de explotar. Era Bruce Willis en la película Bajo Amenaza, cuando ingresa a la casa sobre el capot de una camioneta en esa pose de semi crucifixión.
A veces cuando me saluda, pienso que debe ser una buena persona, algo triste, un poco frívola, demasiado preocupado por no repetir el modelo deportivo que usó el día anterior. Quisiera preguntarle que música escucha cuando corre en la cinta y muestra orgulloso su tatuaje japonés, debe tener 50 o 55 años. ¿Sonará Horacio Guaraní remixado, algún clásico de Fontova, lo último de Serrat? Supongo que bajará a David Guetta o a algún músico electrónico, porque ahora eso es sinónimo de juventud. Otro día descubrí al clon de Guillermo Coppola, también ví al de Guido Süller y te imaginarás que de ninguno sospeché que tendría recursos para salvarme la vida.
El pseudo Coppola, está abarrotado de cama solar, tiene mas de 60 años, supongo que tres o cuatro divorcios, presbicia que disimula dejando en el cajón de los profesores los anteojos y un aro de strass en el lóbulo derecho de la oreja. Una de sus hijas va siempre a pedirle permisos que él niega, por lo que estimo que la adolescente querrá dinero, el auto o salir con un chico que le triplica la edad. Guido Süller, es en realidad el peluquero de un diseñador de alta costura que también concurre al lugar. Y como nadie es profeta en su tierra, cada 20 días cambia el color de la tintura que nunca termina de quedarle pareja. Es de todos los personajes caricaturescos del lugar, el que mas sociales hace. Solo una vez lo vi con dos mancuernas de 2 kilos. Los demás días, conversa. No llego a escuchar de que, pero él está ahí donde hay más de dos personas reunidas.
Y así estaba, sintiendo que podría descompensarme sin ningún tipo de socorro, cuando en el salón de los abdominales vi al hombre mas bueno del lugar. Nunca supe su nombre, pero en mi imaginación le decía Charles, por Charles Ingalls y ahora sí que no soy irónica con el sobrenombre.
- Esta parte es la peor – le dije mientras olvidaba el número de abdominal que era, porque nunca fui buena para hacer dos cosas a la vez. -Si- me contestó- pero hay que hacerlo.
- No, yo vengo solo hasta que la bikini de Animal Print que quiero estrenar este verano me quede dignamente. Después no vengo más. Tan fuera de lugar como me sentía en ese gimnasio, tan sapo de otro poso y tan desubicada de mis pensamientos y mi propio cuerpo, le pregunté:
-¿Vos por qué venís? – lo vi delgado, sano y solamente concentrado en su actividad física.
Por suerte él contestó antes de que yo pudiera hacer mi rotundo comentario en que aseguraba que hay tres clases de hombres en ese lugar: los que van a mirar chicas, los que van a seducir chicas y los que van a seducir chicos. Charles no clasificaba en ninguna de las categorías.-Porque toda mi vida hice deporte y para que cuando llegue a viejito no tenga que estar molestando a nadie para que me ate los cordones. Los seres humanos somos cuerpo, mente y espíritu ¿no? Y hay que cuidar los tres aspectos desde ahora.
Nos quedamos conversando unos minutos mas, hasta que ambos terminamos la rutina de los abdominales y nos dispersamos por el lugar. Esa tarde me fui sintiendo ambiguamente que había encontrado quien salvara mi vida en ese sitio y en que prejuiciosa y frívola me había vuelto. Meses enteros mirando con crueldad a los deportistas del local, seguramente yo era a los ojos de otros una pseudo intelectual, una aspirante a Pampita.
¿Quién era yo en ese lugar? Alguien que trataba de pasar lo mas desapercibida posible seguramente por vergüenza o incomodidad. Era la que criticaba al resto y en el mejor de los casos la que iba por una cuestión tan banal como la de usar un traje de baño sin celulitis. Algunas veces nos cruzamos en la plaza del barrio, Charles con su familia y yo con un libro o un café. Otras veces coincidíamos en el dispenser de agua del Gimnasio y poco más.
Me pediste que redactara una nota sobre alguna persona relevante del año. Sé que mis compañeros van a escribir artículos maravillosos sobre mujeres que abren comedores, médicos que curan en el impenetrable y niños que se sobreponen a los dolores más grandes. No sé ni siquiera como se llama la persona que elegí y tal vez hasta acá te parezca mas una excusa para rellenar las líneas solicitadas que otra cosa.
Hace unos días, cuando estaba entrando al antro de los atletas citadinos, vi un tumulto de gente, dos mujeres que gritaban y el encargado de la limpieza, que ahora oficiaba de seguridad, se abalanzó sobre mí y aseguró que no podía pasar.-Soy policía – dije tratando de ubicar los sollozos y avanzando.
No sé si me creyó o ya le daba lo mismo todo. Debo reconocer que me preocupó un poco pensar que estaba yendo al gimnasio con aspecto de guardia metropolitana. ¿Cuándo dejé de parecer una mujer romántica? Siempre quise parecerme a alguna mujer Parisina. Bueno eso ahora no importa, subí los dos escalones que separan la recepción, del salón de musculatura. Aflojé un poco el rodete que tenía en la cabeza por si de verdad parecía policía. Bruce Willis estaba en el piso y ¿Quién le sostenía la cabeza? ¿Quién estaba llamando al SAME mientras le tomaba el pulso y calmaba a los presentes? Charles Ingalls.
Tal vez, como mi jefe, crees que no es mas que la profecía auto cumplida, “cualquiera haría lo mismo, Laura”. Pero como hombre bueno, sabés que no es así. Que la mayoría le tememos al dolor, a la desesperación, a los imprevistos, a los años.
Pero como dijo mi amigo del Gimnasio, somos cuerpo, mente y espíritu, no fue solo esa la pauta. ¿Cuántas veces escuchaste a un hombre o a una mujer pensar con tanto amor en su vejez? Seguramente aun le falten 40 o 45 años para ser un anciano, pero él ya está asegurándose no molestar, valerse por si mismo, quedarse con lo esencial. Quien pueda atarse los cordones probablemente pueda andar y alguien así de bueno no debería estar mucho adentro y encerrado. Te escribí sobre la persona menos famosa y conocida, sobre alguien que no es masivo y que probablemente nunca dé declaraciones en televisión. Y no voy a decirte que ya no me importa la celulitis ni la flacidez, pero cuando escuché a ese hombre, que podría ser cualquiera de nosotros hablar con tanta naturalidad sobre lo verdaderamente relevante, pensé que vos también deberías conocerlo.
Estoy segura que vas a preguntarme:- ¿Más bueno que Dios? No sé ¿Quién es más bueno Dios o Charles Ingalls?



